A Estéfany le ha cambiado la vida; solo ella lo sabe bien. Son otros sus amigos, su hogar, su escuela… Ahora tiene familias compartidas con fines de semanas alternos; ha tenido que dividirlo todo, corazón y amor incluidos. Hasta sus paseos habituales desandan otros rumbos y, nuevas manos, apenas conocidas, también la sostienen.
Aunque lacere decirlo: mi princesa ha cambiado. Asustan sus lágrimas sin motivos aparentes para los “grandes”; no le alcanzan las uñas en su afán de morderlas; enmudeció aquella tarde a la salida del colegio y entonces hallé respuesta en una mancha sobre su saya roja y el pupitre mojado; rehúye las noches con tantas oscuridades y la soledad de su cuarto; repite una y otra vez, desde su breve estatura de seis años: “yo no quería que mami y papi se pelearan…”, y como nunca antes, la perenne sonrisa y el rostro de luz, truécanse en temor, tristeza, incertidumbre.
Duele demasiado y es tan difícil recompensarla. No importa que le sobren amor, abuelos, juguetes, libros, animados, canciones, caramelos, zapatos… Pero como el domingo 20 de noviembre fue el Día Internacional de la Infancia, o el Universal de los Niños y las Niñas, le busqué un regalo diferente; lo imaginé, lo repensé, porque ella merece el cielo.